Libertades atadas y cuestionadas

Encuentro en mi mesilla de noche un viejo libro que hace que me replantee ciertos paradigmas actuales. En un mundo en donde las libertades son coaccionadas y tachadas constante y diariamente me pregunto hasta qué punto se diferencian nuestras ataduras a las de los antiguos. Hasta qué punto el juez Garzón se diferencia de Sócrates o hasta dónde mi vida es distinta a la de un antiguo griego. Durante un tiempo pensé que Sócrates no había tenido libertad, que había sido condenado injustamente y que en realidad jamás tuvo la oportunidad de defenderse, pero, ¿realmente sabríamos defender estos nuestros argumentos? ¿Por qué el concepto de libertad cambia tanto según el tiempo en el que vivamos?

La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos

Decía un filósofo francés, Benjamin Constant, que en los tiempos modernos en los que vivimos tenemos derecho de opinión, tenemos derecho a ser respetado y estamos sometidos simplemente a las leyes. Tenemos derecho a tener trabajo, una propiedad y no tener que rendirle cuentas a nadie. Claro que Constant se quedó en el S. XVIII y por consiguiente no ha estado en este mundo para vivir el paro creciente, los desahucios y las manifestaciones. No está para analizar un Estado que no es capaz de crear empleo y predica titulares tales como “no hay empleo porque no se puede crear con la deuda que tenemos”. Bien, yo no soy especialista en economía y no tengo ni ganas de analizar técnicamente dicha frase. Benjamin, aún con sus -seguramente- buenas intenciones, no se encuentra entre nosotros (qué fatídico queda) para digerir una realidad en donde la gente no tiene casa y los ricos son muy ricos mientras lo pobres…los pobres son jodidamente más pobres. Este filósofo francés también sentenció que en este mundo moderno (en el suyo) tenemos el derecho a reunirnos con otras personas, sea cual sea el objetivo, el derecho a votar… y podríamos rellenar miles y miles de páginas con nuestros supuestos derechos. Pero para eso está la Constitución, digo yo. ¿Será que este país está pareciéndose cada vez más a las rejas de Celso Emilo Ferreiro?

Benjamin Constant
La libertad de los antiguos consistía en deliberar sobre la guerra y la paz en la plaza pública, en votar leyes, condenar y absolver. Los griegos, como mismo aceptaban una libertad colectiva, mismo vivían en una sociedad en donde el individuo era un sumiso y no se concebía éste sin colectivo al que aferrarse. Todo individuo estaba sometido a una vigilancia extrema, sobretodo en el campo de la religión. El derecho que tenemos nosotros a rendir culto o no, para los antiguos era una obligación que, además, debía de ser cumplida en público. El individuo tenía que ser esclavo para obtener un pueblo libre. La explicación que los estudiados y estudiosos dan a esta forma de sentir y vivir en sociedad, es que eran etapas muy bélicas y estaba en continuas guerras y enfrentamientos.
La división actual de las clases sociales es bastante diferente a la que se hacía antiguamente. Las ciudades estaban formadas por familias en guerra con otras familias de pueblos diferentes. Las familias ganadoras eran la clase alta. Los antiguos llamaban libertad a la cantidad de sacrificios que se hacían para conservar los derechos políticos. Cuantos más sacrificos, más libertad. Si fuese por la concepción de los antiguos, nosotros estaríamos atados de pies y manos y entre barrotes. Nuestros sacrificos por la política son inexistentes, son humo negro. Monten en un avión, visiten y pregunten a Jonh Locke. Seguramente les reciba comiendo una buena naranja.

La libertad en Grecia
Lo cierto es que da igual el profesor de Filosofía que hayáis tenido o las clases de Historia que os hayan dado, siempre, siempre, os habrán puesto a Atenas como ejemplo de democracia perfecta y en donde empezó todo “el cogollo del meollo del asunto de la democracia” -así decía un buen profesor mío. Pero a veces todo se tapa con un velo opaco y no somos capaces de ver más allá. El ostracismo de Atenas reside en la ¿errónea? hipótesis de que la sociedad tenía todo el poder sobre sus miembros. Ya veíamos antes que el individuo estaba sometido a ésta. Así pues los griegos decidieron dividir su libertad en tres planos. En primer lugar, tenemos la libertad frente a la Naturaleza. Es curioso ver en este plano como para los griegos la libertad no era algo positivo sino algo negativo. Si el individuo era libre significaba que había huido de su destino, tendría que ser repudiado por su pueblo. A mi no me pregunten, hablen con Edipo y Sófocles que algo entienden sobre el tema. La libertad frente a la comunidad humana (el segundo de sus planos), para mi, la mejor de las libertades. Poder elegir en el Ágora tus propias leyes. Poder crear leyes para que cretinos como Bárcenas estuviesen en la cárcel y cómicos como Marhuenda fuesen destituidos de sus cargos “periodísticos”. El último de sus planos y no por ello menos importante fue la libertad individual. Es curioso ver cómo, pese a los estudios de numerosos filósofos, hallo más similitudes entre este mundo moderno y Atenas, que diferencias. Importaron e importan bastante poco los derechos, las divisiones de la libertad y las discusiones en la plaza porque los actos distaron y distan mucho de las palabras.

Sócrates y Meleto
Como en cualquier otra época, el juzgar y ser juzgado fue un condimento esencial en la salsa de la vida. Atenas se movía en una gran masa y había que tener mucho cuidado del diferente; Sócrates era lo más parecido a un ser extraño bajado de otro planeta que existía por aquel entonces.

El odio hacia nuestro acusado empezó en el oráculo de Delfos cuando un amigo de Sócrates acudió a éste preguntando a la pitonisa de Apolo si había alguien más sabio que Sócrates. Y no, no había nadie con más sapiencia que el maestro de Platón. Cuentan su discípulo y hasta el propio Jenofonte que un día de charla con los sofistas -que sí se creían sabios- Sócrates dijo que seguramente él no supiese nada, pero desde luego sí sabía más que todos ellos pues mientras éstos admitían tener realidades absolutas, él admitía no saber nada. Los sofistas envalentonaron la ira y ahí empezó la caza de brujas.

A nuestro protagonista le acusaron entre otras muchas cosas de predicar algo que no se encontraba en el códice ateniense, de creer en otras divinidades menores y de corromper a los jóvenes. Sócrates tuvo la oportunidad de defenderse porque Atenas era una democracia. Atenas era una democracia, me repito una y otra vez. Sócrates intentó defenderse, se le escuchó y aún así fue condenado. ¿Fue una condena injusta? Y si lo fue, ¿por qué? Los argumentos que se emplearon para acusarle fueron del todo erróneos. Siempre he pensado que la libertad de un individuo no sólo reside en darle la posibilidad de una defensa sino admitir también, cuando los argumentos de dicha defensa son verídicos y buenos, la derrota. Cuando finaliza el diálogo entre Meleto y Sócrates yo ya me cuestiono de qué sirve tener oportunidad de una defensa si ya de antemano estamos condenados y ya mucho antes fuimos juzgados moralmente. Meleto acusó a Sócrates de corromper a los jóvenes haciéndoles creer en otras divinidades menores o más bien otras cosas “demoníacas” y de no creer en los astros, es decir, le acusó de ateo. Pero incluso los demonios se consideraban por aquel entonces divinidades menores. La aceptación que tenía Sócrates sobre la muerte fue otro tema a juzgar y sumar a un saco lleno de nada. No entendían como éste podía estar dispuesto a morir por salvar su libertad. Tal vez la altanería con la que se defendió no fue del todo adecuada pues nuestra forma de dar a entender los acontecimientos coaccionan mucho nuestra libertad.
La muerte de Sócrates

Hay episodios que a lo largo de la historia no paran ni pararán de repetirse. Como una secuencia mal lograda en el carrete de una película. Nuestra película. Todos sentimos que debemos de ser libres y arrancar las cadenas que injustamente se nos han puesto. Volar. Identifiquémonos con Sócrates pues el luchó por su libertad, lo mismo que estamos intentando hacer nosotros ahora. O lo mismo que deberíamos de estar haciendo. Porque deberíamos de estar luchando por nuestros derechos. Derechos que están siéndo arrebatados de nuestras puñeteras manos. Alguien dijo una vez que el único medio de conservar su libertad el hombre es estar dispuesto a morir por ella. Es por esta misma razón que me muestro impasible al afirmar que Sócrates, pese a su injusta condena, sí fue libre. Tuvo la opción de unirse a las ratas y salvar(se) el pellejo o tirarse al agua. Su salvación y carta de libertad fue la cicuta. Mi pregunta ahora es: ¿somos nosotros libres? ¿es la diferencia entre nosotros y los antiguos la predisposición a morir o no por salvar nuestra libertad? Entendámoslo en un modo metafórico, no me gustaría ser culpable de nuevos suicidios.  ¿Será simplemente que a nosotros ya no nos interesa nuestra libertad porque nos hemos vuelto personas conformistas?

Una vez más, no seré yo quién les coaccione su derecho a la reflexión, a la opinión y a la libertad de expresión.

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2 pensamientos en “Libertades atadas y cuestionadas

  1. Siguen habiendo Socrates hoy en día, gente que no se rebaja y no se vende. Pero la mayoría, igual que en la antigua Atenás, igual que en el siglo XVIII de ese Constant que no conocía, se limitan a bajar la cabeza y hacer lo que otros dicen que hay que hacer.

    De vez en cuando, (me incluyo, claro) pataleamos un poco, y presumimos de lo que haríamos en las cirscuntancias adecuadas. Y casi siempre, lo hacemos delante de un tercio de Mahou, en una barra de bar. Pero a la hora de la verdad muy poquitos nos tomamos la cicuta voluntariamente.

    Oigan, igual soy yo, que ando un poco fúnebre, pero del mismo modo que no comparto el optimismo de “cada día las cosas van un poquito mejor”, tampoco soy pesimista al estilo “decididamente ayer las cosas funcionaban mejor que hoy”. En mi opinión, la famosa crisis de valores de la que tanto se habla, es más vieja que las piedras.

    Un abrazo, y enhorabuena por el artículo.

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