Modelos de educación (II): La maltratada y herida escuela pública

Existe un modelo de educación digno que no hace distinción de clases sociales. Un modelo de educación por y para todos en donde prima la enseñanza de calidad. Ese modelo se llama educación pública. Una educación que no debería de venderse y mucho menos comprarse. Un modelo educativo, que me atrevo a decir, no debería de sentirse en la necesidad de tener que ser defendido. En esta última legislatura -que se hace eterna- están arañando cual felino se lima las uñas, nuestras necesidades básicas. Y, pese a quien le pese, esas necesidades son la educación y la sanidad públicas. Una educación que está siendo desplazada por el Gobierno actual, pero también por los ciudadanos que no nos levantamos y gritamos: ¡suficiente! Algo se nos está escapando. Algo no estamos haciendo bien porque la educación pública está siendo herida que, por si no fuera poco, absorve todo el vodka de cuatro euros que le están echando para que los arañazos escuezan más. En Santiago de Compostela, muchos colegios públicos están viviendo desde dentro y en pequeños grandes detalles todos estos golpecitos traicioneros en la espalda. Se van sumando uno a uno hasta formar un gran hematoma. Y entre los moratones y los arañazos, no hay manera de salir a flote.

Cartel Rosalía de Castro. Karla Barca

Cartel Rosalía de Castro. Karla Barca

Me adentro en uno de los colegios públicos con más fama de la capital. Es el Rosalía de Castro, situado cerca de la Alameda en donde los jóvenes pasan sus recreos charlando con las Marías. Es un día soleado pero se nota el frío de la piedra del instituto y lo reacios que pueden llegar a ser los profesores al hablar de recortes. Lo cierto es que me cala hondo la apatía de algunos rechazos, aunque eso no fuese nada en comparación al portazo en las narices que me dio Pio XII. No sólo me costó acceder al recinto -por sus numerosas puertas cerradas para el extranjero, el foráneo– sino que para añadirle alcohol a la brecha, cuando por fin llego, no me quisieron atender. Fue llegar, pronunciar la palabra recortes y recibir caras raras. El secretario me pasó con el director que por ahí deambulaba, el director como no quería hablar, me llevó a la sala de profesores. Dos profesores en dicha sala que tampoco quisieron atenderme. Mientras se cerraba la puerta y yo me iba algo cabizbaja, pude escuchar que los recortes son lo que son, no hay más. No voy a hacer un juicio moral sobre el silencio que algunos colegios públicos deciden llevar a cabo. Esa es la misión del lector, la de interpretar una realidad. Pero no todos optan por callar cuando pronuncio la palabra temida.

El director del Rosalía de Castro me comenta que por supuesto se notan los recortes. No sólo hay menos profesores -tres en concreto-, hay menos material, hay menos de muchas cosas que deberían ser más. Como tiene prisa, decido recorrer los pasillos fríos del instituto, sola, en busca de profesores majetes que quieran darme a conocer su historia. El profesor de Matemáticas me dedica siete minutos para contarme que se notan y mucho. No hay paga extra, se han recortado sueldos y profesores jubilados no han sido repuestos. Me comentaba la profesora de apoyo del instituto, que hace poco se había jubilado una profesora y ahora tan sólo hay dos profesores de orientación. Esta jubilación se convierte, de alguna manera, en una mesa que cojea si no es repuesta la pata que falta. Tenemos una realidad en la que menos profesores tienen que impartir clase a más alumnos. Hasta el año pasado, los ganadores de las Olimpiadas de Matemáticas que se realizaban en el instituto, recibían una pequeña recompensa. Este año no podrá ser así y para algunos profesores está claro que “este gobierno apuesta por lo que apuesta”. Al terminar mi pequeño cuestionario, bajo las majestuosas escaleras y me encuentro con unas aulas llenas de televisores de pantalla plana colgados en la pared. Dicen los alumnos del instituto que casi no se usan, llevan unos tres-cuatro años aproximadamente y los profesores no saben poner powerpoints. Muchas veces son ellos los que tienen que levantarse y enseñarles. Y yo que creía que esto sólo pasaba en la Universidad. No sólo se ha derrochado en tecnología, al parecer, sino también en material escolar. El actual Gobierno de Galicia decidió que los libros en Gallego eran inútiles y prefirió cambiarlos por unos más bonitos para él. Unos en castellano que incluso son de la misma editorial. Ahora todos esos cuadernos en gallego están muriéndose de la risa nerviosa en una estantería. Un material en el que se invirtió y no se ha podido utilizar.

Mientras iba de camino hacia Pío XII, tuve que hacer una parada que no estaba en mis planes. El cartel que se veía en el Xelmírez I, desde el otro lado de la acera, me hizo parar casi por obligación. Quizás sería el deber.
Colegio Xelmírez I
Un cartel que lleva colgado desde el año pasado que defiende una enseñanza pública y de calidad. Ha sido colocado por algunos profesores y alumnos que protestan por los recortes en material, los recortes en plantilla y el aumento de horario lectivo. Un trozo de tela con unas letras para algunos, unos ideales muy fijos para otros. Ideales que firman bajo frases como “si el gobierno sigue así, esto va a ser un desastre. Va a llegar el momento en el que a los colegios públicos sólo venga gente marginada. Una división de clases sociales gigantesca y apocalíptica”. En el Xelmírez I hay ya pocos recursos económicos que crean a su vez un personal docente desmotivado. Pero ya no sólo económicamente sino también, socialmente. A algunos profesores, como es el caso de la profesora de música en la E.S.O, le desmotiva llegar a su clase y ver que algunos niños no tienen para comprarse un bolígrafo. Le desmotiva encontrarse con treinta alumnos en vez de con veinte. Y por supuesto, le desmotiva cobrar cuatrocientos euros menos. Pero los recortes no vienen de ahora, ya vienen asomando la cabecita como el lobo en la puerta unos dos años y medio. Los alumnos, que la mayoría todavía no tienen conciencia política, lo notan en otros detalles que pueden pasar desapercibidos pero igual de valiosos. Desde el invierno del curso pasado, ya no se pone la calefacción y las fotocopias ya no las paga el centro, las pagan los alumnos y/o sus padres. También se ha hecho un reajuste de aulas. Mientras en años pasados eran los profesores los que se movían a las aulas cuando les tocaba impartir sus clases, ahora son los alumnos los que van a ellos. Cada profesor tiene la suya (clase de Lengua Gallega, Filosofía, Historia…) con el fin de ahorrar más.

Ante este panorama incierto, reflexiono un poco y sopeso las realidades. Una realidad llena de recortes en donde la enseñanza privada parece ser la mimada de este Gobierno y otra realidad. Una realidad que a veces se nos escapa pero que estaba mucho antes de que Wert llegase con su ¿educación? La vocación del profesor y las ganas de aprender del alumno. Pese a que sus alumnos me hablan muy bien de él, el profesor de Filosofía me afirma que los profesores no tienen porqué tener vocación, “eso es una hipótesis poco razonable”. Y bien cierto es que algunos profesores defienden esta idea. Defienden que ellos no están para ayudar a nadie y mucho menos lidiar con problemas personales, traumas familiares. Su labor es impartir una asignatura y marcharse después a su casa a realizar labores más interesantes. También hay profesores que no lo ven así, tal es el caso del profesor de música. Para él, la vocación es necesaria, “la educación empieza con la vocación, por lo menos para que se realice bien. Sin vocación no tendremos el derecho a reclamar nada”.

Para algunos la opción es salir todos de la mano y luchar unidos por un mismo fin: una educación pública de calidad. Para otros, es quedarse en su casa sentados mirando la vida pasar porque saben que por mucho que salgan a la calle, no se va a solucionar nada. Otros reconocen que no es tanto pasividad, el problema de las huelgas es que se recortan del salario ochenta euros por huelga asistida. Mientras, algunos reconocen que es mejor perder ochenta euros que otra paga extra, otro recorte en salario. Hay muchas maneras de contemplar los acontecimientos pero lo cierto es que nos queda una España (o al menos un Santiago) en donde alumnos que están repitiendo suspenden tres asignaturas de cuatro pero se sienten orgullosos de sacar un cinco en la que aprobaron. Alumnos que cuando les preguntas por política te recomiendan el bar Fonseca para ir a hablar de fútbol. Probablemente todos seamos culpables de la sociedad que se está creando. Un Gobierno que está defendiendo una educación privada porque sale más rentable parece no querer un país educado con actitud crítica. ¿Qué hace el Gobierno no invirtiendo en su futuro? ¿Será que no hay mejor arma para luchar contra las injusticias que una ciudadanía formada y preparada? ¿Será que esto no interesa al Gobierno?

Esta vez les invito a una reflexión a conciencia, bien meditada. Una reflexión interior que encuentre algún porqué.

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