Niñita bien encaprichada

– Deja de echarme de tu vida, joder. Deja de hacerlo. Porque me voy a ir de verdad.
– Ya lo estás haciendo. Siento que debo de pasar página. Hace tiempo que lo siento así. Y ya ves, aquí sigo, en la misma página una y otra vez. Releo este cuento demasiadas veces. Intento encontrar los fallos. Qué hicimos mal. Pero sobretodo, qué fue lo que yo hice mal. En qué punto giré la noria para que se volviese contra mi.
Cuando te conocí no tenía ni idea a lo que me enfrentaba. Pensé que era un juego. Al fin y al cabo tú estabas en una relación y yo había salido de una no muy bien parada. De hecho había salido tan mal parada que estaba en medio de la carretera, sin tener a dónde ir ni cómo. Con mil maletas y muy triste. Y apareciste tú. En realidad, ya habías aparecido mucho antes pero nunca vi nada en ti. Y nos hicimos amigos. Y de repente, te encontrabas en mi vida de una manera asquerosamente imprescindible. No sé si los besos fueron un error. Un error precipitado, pero, ¿acaso lo sabes tú? ¿Sería que las drogas alimentaban el deseo? No ha sido un camino fácil. No has sido fácil. No puedo evitar retroceder los pensamientos y sentir que fallé en esto. Yo estaba atormentada.
-¿Hablas de aquel principio, no?
– Sí… Yo, yo, no sé. Empezamos a vernos. Pero, tú, tú estabas, bueno ya sabes.
– En una relación.
– Sí.
– Pero esa relación se acabó.
– Lo sé, pero se acabó demasiado tarde. Esto ya estaba en marcha, ya habíamos tomado un camino. Follábamos. No podía cambiarlo.
– ¿Por qué?
– Porque cada vez que pensaba que esto tenía que tomar una forma nueva, algo pasaba.
– ¿Algo como qué?
– Empezamos a ver a otras personas. Y no salíamos de esas paredes. No podía luchar contra eso.
– Tampoco querías.
– Ya, ya lo sé. La mierda de pensar que no quería. Bueno, en verdad no quería. ¿Te acuerdas de un día que me contaste que habías quedado con una chica…?
– Espera, tú también lo hacías.
– Sí. Y me dijiste ese día: ¡jode, eh! Jode que te den tantos detalles, ¿verdad?
– No lo recuerdo.
– Probablemente. Pero así fue. Y ahí me empecé a confundir. De repente empezó a molestar. Y al mismo tiempo me daba igual. Follábamos.
– ¿Solo sexo, eh? No entiendo a donde quieres llegar.
– Yo tampoco. Todo ha cambiado. Nada es igual. Y yo vivo con la incertidumbre de pensar qué hubiese pasado si cuando tuvimos la oportunidad, le hubiésemos dado un giro diferente a esto.
– ¿Diferente? Yo soy feliz.
– Lo sé, tú eres feliz así. Y también sé que no tenemos tiempo el uno para el otro. Que esa mierda de “querer es poder”, no va con nosotros. No es nuestro momento y puede que nunca lo haya sido. Es absurdo dejarnos guiar por lo que haces. ¿Te acuerdas de eso de “debe de ser muy triste ser solamente lo que aparentas ser”?
– Sí. Me salva muchas vidas de que me saques de tu vida.
– Cierto. Pues duele. Duele no poder hacer caso al “eres lo que haces”. Porque si pudiese hacerle caso, podrías salir de mi vida. Nunca hicimos nada. Desaprovechamos el tiempo. Y ahora no tenemos tiempo que aprovechar. Y sí, puede que nos volvamos a encontrar, puede que no. Pero mira, esto duele. Y te lo digo de verdad.
– ¿Duele? ¿Por qué duele? Somos amigos, somos unos colegas de la hostia.
– Busco respuestas.
– Pero sin preguntas.
– Da miedo preguntar.
– Complicas todo demasiado. Eres una histérica.
– Por eso pienso que me estoy aferrando demasiado a algo que no existe. Confundir sentimientos por sensaciones es un pasatiempo que suelo hacer.
– Un error lo llamo yo. Aclárate. Necesito que te aclares.
– Sabes perfectamente lo que hay.
– No, no lo sé. Porque me dices que no tenemos tiempo el uno para el otro. Me dices que quieres sacarme de tu vida. Me dices que no puedes. Me dices que lo que hay estuvo genial pero que ha sido una mierda. No paras de contradecirte. Con tus palabras me haces entender que te importo pero tus actos son una mierda. Porque cuando te importa alguien no lo quieres fuera de tu vida.
– Y cuando te importa alguien lo quieres dentro de ella. Estás acomodado, lo entiendo. He vivido con ello todo el tiempo. Cuando escucho una canción, me acuerdo de ti. Actuamos como niños estúpidos. No podemos pelear ni ponernos serios porque cuando nos vemos son todo risas y se nos olvida qué nos molesta del otro. Nunca quise definir esto. ¿Puse yo las normas? Puede ser. Pero siento que necesito definir lo que pienso. Y sería mucho más fácil si pudiese borrarte. Y que no duela y que le jodan al tiempo. No puedo decirte que cuando te conocí encontré a mi persona, ni que sentí por ti mil maripositas de esas. ¿Creimos alguna vez en ellas? Lo dudo. Lo que sí puedo decirte es que cambiaste muchas cosas de mi vida, de mi día a día. Cuando te conocí pensé que serías un tren que pasa y se va. Y aquí sigues. Y me he empeñado en decirte que no quieres ver que aquí hay algo más. Sin darme cuenta de que la que estaba ciega era yo. Ciega por no ver, que aquí no hay nada. Que eres un ser egoísta, orgulloso, cobarde, acomodado y una de las personas más buenas que he conocido en mi vida. Puede que sigas de manera ausente en ella. No tenemos tiempo el uno para el otro, tú no paras de decirlo. No tengo sitio en tu vida. Y no quiero que salgas de la mía. Pero tú, tú no haces más que hacerme una caseta en el jardín. Y fuera hace frío. Yo te pedí una cosa. Que me eligieras, que me escogieses. Que me quisieses. Joder, a Meredith Grey le funcionó. Después de muchas temporadas, pero le funcionó.
– ¿Y ya está? Tú me dices lo que hay. Y a mi no me gusta y toca joderse.
– Sí. Soy una cursi, una romántica. Y creo que no podemos hacer más con esto. Te he pedido mil veces: no me escribas, no me llames. Haz que no existo.
– Y ninguna de las veces ha funcionado. Al final, volvemos al mismo camino.
– Porque no me rindo. Lo intento y lo intento. Y tienes que dejar que deje de intentarlo.
– Porque duele, ¿no? No quería hacerte daño.
– No lo has hecho. Aquí me encuentro, desnudando mi alma, una vez más.
– Demasiado tarde. Como aquella relación que se acabó demasiado tarde.
– Sí. Demasiado tarde. Todo. Sabes lo que siento, y me iré bien lejos con mis maletas una vez más.
– ¿Y si nos encontramos en la misma carretera?
– Si nos encontramos, salúdame al menos.
– Tiene gracia eso.
– Quizás.
– No eres muy graciosa. Nunca lo has sido.

“Me encapriché como una niña se encapricha de una muñeca. Me encapriché y no hubo nadie que me dijese que no lo hiciese, que iba a terminar mal.

Me encapriché porque después de un desamor es lo único que puedes hacer. Me encapriché de su risa inexplicable. De sus manías absurdas. Me encapriché de no saber nada de él. De sus misterios y debilidades. De su distancia.

Me encapriché como cuando no puedes y quieres más. Sus manos, la música que se sentía cuando él llegaba. El nunca haberle tenido más allá de mi capricho.

Me encapriché por pensar que podía hacer poesía. Por pensar que podía ser quien le agitase los sueños y los anhelos. Por pensar que podía ponerle el cielo, la tierra y el asfalto algo más cerca.

Me encapriché por pensar que podía hacer algo más que prosa desaliñada. Me encapriché de un capricho de una noche de verano.”


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