Como gato sin dueño

Me recuerdo acostada en la cama de mis padres. No era extremadamente grande y tenían una tele pequeñita colgando de la pared. Recuerdo que estaban poniendo las noticias, era mediodía ya y hacía calor. Mucho calor. Estaba yo acostada en soledad y no tendría más de trece años. Tecleaba mi móvil sin parar. Uno simple, sin WhatsApp ni archivo de música. Era gris y tenía una antenita pequeña.

Estaba acostada, tecleando el móvil y escuchando las noticias cuando de repente sonó una música y una letra que despertó mi atención al instante. Apunté en mi móvil, no tenía otro sitio para apuntar en ese momento, “y si te vas, me voy por los tejados como un gato sin dueño”. No supe nada del artista que la cantaba ni porqué en las noticias salía ese individuo. Tengo que reconocer que no le conocía y de él sólo supe ese verso, no atiné a escuchar el nombre del dueño de semejante frase. Esos versos calaron hondo dentro de mi pero, desgracias del destino, antes de que recordase buscarlos en Internet, perdí el móvil. Nunca más supe del verso, de la letra y mucho menos del artista. Pasaron los años y me crucé con un hombre que cambió un poquito mi vida. En verdad la puso patas arriba y me enamoré como una tonta, pero esa es otra historia. Por aquel entonces yo acababa de entrar en la Universidad. Los trece años quedaban algo lejos y nostálgicos. A mi nuevo amor le gustaban mucho el RC Celta de Vigo, Juan Luis Guerra y Sabina.

Joaquín Sabina, de Manuel Fernández-Valdés para JotDown.

Joaquín Sabina, de Manuel Fernández-Valdés para JotDown.

 Un día cualquiera, en esa época en la que todo son mariposas y canciones dedicadas, llegó a mis oídos una canción de Sabina por parte de mi gran amor. Uno entre tantos, aunque a este le guardo un especial cariño y luto, como ya dije. De Sabina conocía lo que todos conocemos aunque no sepamos quién es. Pero desconocía una canción que hasta el mismo Pep Guardiola la tacha de Biblia y algunos otros de Biblia y Corán. Esta canción se convirtió para mi en altar, entre otras cosas porque ya me había enamorado de ella cuando tenía trece años. Tuvieron que pasar muchos inviernos para que nos volviésemos a encontrar. De vez en cuando, desde que la apunté en mi móvil, recordaba la canción pero no conseguía recordar las dichosas palabras que había anotado. No recordaba al artista y sólo lograba rememorar algo de un gato. Pero por casualidades del destino, ahí estaba yo, escuchando los acordes que me habían torturado un poquito desde que los escuché y no conseguía recordar. Cabe destacar que por aquellas el que fue mi pareja, aún no lo era y muy serena le dije yo que, con todo mi amor y desprecio, le dedicaba esa canción.  A mi no amor, ya no, le tengo que agradecer enormemente tres cosas: a Sabina y aquel dichoso día que me puso Y sin embargo y mi devoción por el Celta de Vigo.

Han pasado ocho años y aún no consigo perfilar la sensación exacta que siento cuando pongo en mi casa, en mi soledad, “Y sin embargo”. Es curioso ver como las acciones se perfilan y encuentran un sendero común de vez en cuando. Es curioso ver como hay canciones que se nos meten en los huesos, como fantasmas en busca de acción que no logran o no quieren dejarnos nunca. Canciones que marcan una historia. Quizás una entre tantas. Hoy no es el cumpleaños de Sabina, no es un día especial, no ha pasado nada que resaltar pero, coño, es Joaquín Sabina. Y me sobran los motivos.

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