He venido a hablaros de mi tristeza

A lo largo de estos últimos seis meses he tenido la dicha de encontrarme en varias ocasiones con Ramón Lobo e incluso una de esas veces tuve la oportunidad de sentarme con él, cara a cara, y charlar. Hace poco también tuve la suerte de citarme con Enric González. También charlamos. Sí, para mi, más que entrevistas, son charlas.

Imagínense a una muchacha de 21 años que no sabe nada de la vida delante de estos señores con un montón de papeles y cargada de risas nerviosas. Pero todo fluye. Me siento cómoda, relajada. Ahora recuerdo esos encuentros con mucho cariño. También me critico por todos los errores, las meteduras de pata, los nervios, la inexperiencia… me encuentro fallos hasta en el Buenos días, Ramón. Buenas tardes, Enric. Supongo que es normal, que no sólo me pasa a mi. Uno es demasiado crítico. Creo que es así como tiene que ser o, al menos, como pienso ser.

Todo este rollo tonto y absurdo viene a que hace cuestión de minutos he leído el post de Maruja Torres . Lo he leído y no he podido evitar llorar. Imagínese a esa misma  muchacha inexperta llorando delante de la pantalla del ordenador. Todos los links que tengo abiertos riéndose de mi a carcajada sonora. Incluso el capítulo de Anatomía de Grey que tengo abierto y sin empezar ya está llorando. Esa es otra, a saber con qué me sorprende Shonda Rhimes con el que creo que es el último capítulo de la temporada. Pero ese es otro tema. Maruja Torres habla de Polanco y yo recuerdo la de horas que me pasé hablando de él tanto con Ramón como con Enric. Habla de El País, de los problemas, de las ilusiones pasadas…. Me entra la nostalgia.

Menuda estupidez. Me siento inútilmente estúpida. Recordando esas entrevistas que tanto me dieron, recordando lo jodido de esta profesión. Los recuerdos, qué jodidos son los cabrones. A veces uno necesita desahogarse. Sólo quería decirles, ya ven, a nadie le importa, que me siento triste. Me siento triste porque entre tanto buitre (que ya asoman la cabeza en la facultad de periodismo) hay periodistas muy grandes que tienen que decir adiós a ese diario en el que han invertido todos sus deseos. Pero mis periodistas tienen dos cojones y la cabeza bien amueblada, que es lo que necesitamos ahora. A una le da rabia  y lo único que puede hacer es decirlo. Las utopías hoy no me sirven. Hoy sólo me puedo preguntar: ¿ cómo terminará todo esto? ¿Qué estamos haciendo?

Pero, ¿y qué sabré yo de la vida? Sólo soy una muchacha de 21 años.

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