Hombres que se parecen a una película de Hitchcock

Conocí a un hombre bueno una vez. Miento, todos los hombres que conozco, por alguna extraña razón, son excesivamente buenos. Buenos y raros. Pero éste era especialmente encantador. ¡Quién diría que firmaría estas palabras! Supongo que hace un año nadie. Ni él mismo. Caray, la vida da vueltas. Y sino que se lo digan a este hombre. Durante un tiempo creí que formábamos el tándem perfecto. Pero, error, me conoció en una etapa muy complicada de mi vida. Ya saben, cuando se deja de ser quien siempre uno fue por culpa de váyase a saber qué.

Esta fue de las cocciones más lentas que recuerde. Que si masajito en la espalda para aquí, que si masajito en la espalda para allá. Una semana casi viviendo en mi casa y, llámennos idiotas, creíamos creer que éramos amigos. Error otra vez. No éramos amigos y me temo que nunca lo seremos, sólo existía una novia que dejó de existir. A lo mejor ya no tengo novia. ¿Perdona? ¿Y a qué carajo esperas? Y no fue la noche en la que me enteré de tal noticia cuando pasó algo, fue más adelante. Ya les dije, cocción lenta. Fue de las cocciones más lentas y mágicas. ¿Saben ese gusanillo de no saber si realmente la otra persona quiere que pase algo? De eso les hablo. A veces se pierde la magia sabiendo a ciencia cierta que la otra persona te desea. Él me deseaba lo mismo que yo a él y lo agradable fue descubrirlo una vez pasado el tiempo.

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Comentaba antes que es una lástima conocer a personas adecuadas en momentos inoportunos. Es una gran putada del Cosmos, del Karma y de todas las vidas que hayan (si hay más de una). Cuando uno, por circunstancias de la vida, pierde su esencia, lo pierde todo. Perder la esencia es como salir de casa sin ropa interior. Se puede llegar a estar a gusto durante un plazo corto de tiempo pero en algún momento piensas joder, necesito mis putas braguitas. Así mismo me pasó a mí. Mi esencia se quedó rezagada y mientras yo seguía caminando, apareció este hombre. No es que yo estuviese rota o herida, era más que eso. Bulerías del amor, ya saben; aparece un hombre bueno, te permites quererle, se va y como la gente siempre se termina marchando (lo cual es una tremendísima canallada) lloras y sufres. Pataleas si has querido mucho y cuando no te das cuenta, aparece otro hombre bueno. Pero tú estás en medio de una pataleta y con los ojos llorosos así que no visibilizas bien lo que está sucediendo. La pataleta de amor me duró desde que conocí a este hombre hasta que, en cierta manera, desapareció de mi vida. Digo en cierta manera porque ahí sigue. Conseguimos, aún después de todas las idas, las venidas y las putadas, afianzar una amistad. Pero ya dije antes no creer que lleguemos a ser amigos y mucho menos que lo hayamos sido. Pero la vida es así, hay personas que se enganchan a ti y no puedes hacer más que sonreír tímidamente sin que te vean.

Dudo mucho que a día de hoy conozca cómo soy pero durante un tiempo (ni muy largo ni muy corto) supo conocerme, entenderme y soportar todas mis locuras, aprendió a acariciar a mis pájaros en la cabeza. ¿Recuerdan que el otro día hablaba de que había aparecido en mi vida un hombre especialmente parecido a Mr. Big o que, al menos, eso quería yo? Pues es este hombre. Todavía no ha intentado partirle la cara a nadie (para eso ya están mis amigas. Historia cómica donde las haya, ya les conteré un día) pero tengo que reconocer que me gustaría volver a tropezarme con él. Sí, me gustaría que reapareciese en mi vida pasados los años. Y léase con mayúsculas porque sólo de imaginar un reencuentro ahora, me entra una jaqueca impresionante. Aún no estoy preparada para aguantar sus misterios y ese hermetismo agotador. Pero, deseo volver a cruzarme con él cuando pasen unos años.

Nunca supe cómo iba a mover la siguiente pieza del ajedrez, nunca supe qué pensaba exactamente y siempre guardaba las mejores cosas para el final. Era inquietante, desconcertante y muchas veces emocionante. La situación que vivimos era historia no hecha para los incrédulos. Como una película de Alfred Hitchcock.  Siempre que escuche Vicious, me acordaré de ti. Me dijo. Y eso es de las cosas más bonitas que me han dicho. En ese momento pensé que le pedía matrimonio. Lástima que sea escéptica ante cualquier atadura apalabrada.

De él aprendí que las personas aparecen en tu vida sin avisar y da igual cómo estés o qué te haya pasado. Hay que aprender a recomponerse rápido y saber mover bien las fichas para hacer una jugada maestra. Nadie sabe cómo habrían ido las cosas si yo hubiese estado preparada para que me conociese y probablemente nunca se sabrá. La vida es magia, misterio, dulzura y sollozos. Y hay que guardarle especial cariño a los que logran desmontar tu puzzle. Digo yo.

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