No me inviten a una sala de espera

El tiempo es muy jodido, señores. Pero esto, seguramente, ya lo sepan ustedes. El tiempo de espera, el tiempo del espacio, el tiempo de vaya usted a saber qué.  Lo cierto, a mal que nos pese, es que las personas necesitan tiempo. Y es una putada, para qué mentirles. Es una tremendísima faena eso de necesitar espacio y tiempo. Es una truhanería en toda regla cuando nos damos cuenta de que las personas que están a nuestro lado necesitan esa mierda de espacio. ¿Quién inventó eso? Pero, aún no sé qué es peor; no sé si es peor que seamos nosotros quienes necesitemos tiempo o que sea nuestro entorno. Necesitar tiempo, lo miren por donde lo miren, no es nada positivo.

Pasas un tiempo maravilloso con una persona o con muchas (que aquí las orgías de andar por casa están muy bien vistas) y, de repente, algo falla en el organismo pues se hace una brecha. Y eso también es una putada: las brechas, el tiempo, el espacio y los arañazos. Que sí, que cada persona es un mundo (me pregunto cuántos habrán) y que no todos necesitan tiempo. Permítanme que lo dude porque hay muchos tipos de tiempo y probablemente hayamos padecido alguno. El tiempo de darse espacio, el tiempo de curar heridas, el tiempo de aprender a olvidar, el tiempo de olvidar, el tiempo….el puto tiempo. Y yo que hasta hace poco no usaba reloj. ¿Nunca han tenido que esperar? Si lo han hecho, sabrán que en la sala de espera siempre hace mucho frío, las revistas son de cuando Hitchcock ni siquiera tenía éxito y las mantas están bajo candado. Lo que yo les decía, una ruindad. En la sala de espera siempre hay un halo de angustia, de no saber qué hacer y de no entender nada. Esto todo es culpa del tiempo, de las agujas del reloj que no puedes ni retroceder, ni adelantar ni parar. Ellas mismas cogen movimiento e impulso cuando y como quieran.

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No me digan que cuando se quiere a una persona (amigo, amiga, novio, novia, amante…coloque aquí lo que usted prefiera en este momento) y le hace la putada de mandarle a la sala de espera, usted no desearía cagarse hasta en su maldita madre. Desearía tirarse de los pelos, gritar hasta romper la garganta y decir zorra, pero, ¿qué coño te he hecho? No voy a pedir perdón por las expresiones. Hoy no. Como les comentaba antes, pasar un tiempo estupendo con alguien tiene su lado negativo. Que sí, el cuento de siempre… como todo en esta vida. Pues ya podían irse a hacer puñetas eso de como todo en la vida. Unas veces se está bien, otras veces se está mal. Blabla. La mariconada del puto equilibrio.

En la sala de espera siempre se pierden cosas. Se pierde paciencia, dignidad y confianza. Quizá ésta última sea la más importante. Cuando te das cuenta de que la otra persona necesita tiempo pierdes confianza en lo bien que hayas podido estar haciendo las cosas. Te cuestionas a ti mismo cuando muchas de la veces no eres el culpable en absoluto. El problema, y ya lo adelanté antes, es que por mucho que nos toque la moral, todos necesitamos tiempo. Y unas veces se están en la salita y otras veces en el despacho analizando la situación. Porque sí, es una putada eso de esperar pero más putada es el no querer ya pero querer seguir queriendo. Menudo juego de palabras. Me explico poniendo de ejemplo las relaciones de pareja. Para no engañarnos, también es una bellaquería del Cosmos (no piensen que tengo una obsesión con éste) cuando dejamos de querer a una persona pero sentimos que ojalá pudiésemos seguir queriéndola. ¿No les suena esa sensación? Cuando las relaciones se rompen sin que ninguno de los dos quiera pero ambas partes saben que tiene que romperse. No me jodan, eso es una porquería. También sucede que cuando pasamos mucho tiempo con una persona necesitamos respirar. Vaya, que lo de muerte por asfixia no es lo nuestro, parece que desde Romeo y Julieta se ha dejado de llevar el suicidio colectivo. La vida es una completa canallada y el tiempo es una tontería que nos han metido en la cabeza. Ver tanto a una persona hasta cogerle manía. Lo que yo diga, somos unos malditos sensibles, seres volubles trastornados por las brechas. Antes les hablaba de ellas, de las heridas. Las personas nos provocan daños y traumas muy difíciles de curar. Unos se equivocan y otros no saben perdonar y pasar página. Algunos, de no pasar página, tienen un libro de tan sólo una hoja. Y, miren, tener un libro con más páginas que Ulysses es lo mejor que nos puede pasar. Y, coño, para sorpresa de todos, perdonar también necesita de tiempo.

El problema que le encuentro a todo esto es que, como siempre digo, la vida es muy corta y aunque en la sala de espera se pueda aprender muchas cosas y desde el otro lado de la trinchera también, cuando se quiere, se quiere. Y no me cuenten milongas. Cuando encuentras a una persona afín a ti, hay que quererla, perdonarla y follar mucho (en caso de que proceda). Cuando encuentras a una dichosa persona que logra aguantar tus neuras, tus manías y tu cabeza desordenada, hay que agarrarla bien fuerte y no dejar que cree una sala de espera. No conseguimos entender que las personas, las cosas y la vida están para disfrutarlas. Ya sea en una cama y en varias posiciones gimnásticas, como en el banco de un parque, como en la barra de un bar. Pero, ya lo sé, la vida es muy puñetera.

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