Ella tiene capricho de él

Porque su padre le decía siempre tiento al paso, que hay precipicio y nunca le hacía caso. Nunca. Siempre le decía lo mismo cuando llegaba a casa ilusionada tras una noche emblemática pero ella jamás hacía caso. Le  escuchaba, eso sí. Estaba atenta pero ningún refrán impedía que se colgase como una tonta de algún hombre. Porque la vida es así, te cuelgas de quien te da la gana y de quien no quieres, pues no te cuelgas.

V.

Una vez, hace no mucho tiempo, conoció a un hombre maravilloso. Joder, siempre se cruzan en su vida hombres demasiado interesantes. A veces, son tan interesantes que aburren. Pero esa es otra historia, como todas. Coincidencias de la vida se conocieron por unos gustos musicales en común; la vida son las aficiones que uno tiene. Sí, sí. Y las casualidades no hicieron más que empezar. Lo que parecía un tropiezo en una noche que poco prometía, se acabó convirtiendo en un flirteo en toda regla. Pero no un flirteo cualquiera, este era un coqueteo digno de marco. Se conocieron una noche y pensaron que jamás volverían a tener contacto el uno con el otro pues ni los nombres se sabían pero, la vida, que siempre tiene reservado un as en la manga, movió las piezas de una manera casi perfecta y les volvió a cruzar. Las cosas raras a veces te sorprenden y o las coges bien fuerte o se van rápido. Y, créanme, se van tan rápido que ni pestañear puede uno. Ahí estaban, frente a frente y, otra vez, por cosas de la música. Y eso que ella ni canta ni tiene un grupo. Sería un insulto para la música que ella cantase o tocase la batería. Aunque un día, se ha jurado, aprenderá. Pero siempre dice lo mismo; también empezó a aprender a bailar la danza del vientre y no se la ha visto poner un tutorial más. Esa tonta manía de no terminar las cosas que se empiezan. Ya no creo que cada persona sea un mundo, creo que una misma persona tiene en sus entrañas varios mundos agitados y bien fríos. Como cualquier buen cóctel que se pueda tomar desde algún rincón perdido de Bora Bora. Una cosa llevó a la otra y, antes de que lo piensen, no, no terminó en sexo. Por mucho que a ambos les joda. Pero, como decía antes, la vida les volvió a poner en el mismo camino así que tocaba flirtear, coquetear, beberse a tragos largos lo bonito de conocerse.

Ella siempre decía que las redes sociales habían mancillado las relaciones personales. Las había estropeado y convertido en algo frío, calculado e impersonal. Como no, tenía que venir un hombre a demostrarle que estaba equivocada. Las redes sociales están ahí y nosotros hacemos mal uso de ellas. Vaya, eso ella ya lo sabía. Y el coqueteo a cuentagotas, con palabras improvisadas, espontáneas y naturales fue surgiendo sin pensarlo. Las cosas suceden, la vida pasa y las personas follan. Ya saben, nada nuevo. Lo maravilloso de la historia es que ella piensa que la vida todavía puede volver a juntarles sin querer en algún punto del camino. El tonteo casual se ha convertido en un tembleque de piernas cada vez que piensa en él. Sus amigos le dicen que se ha enamorado y ella lo refuta con un arqueo de cejas que hasta hace que parezca petulante. Lo refuta porque dice que ni siquiera le conoce. Vamos, que no le ha tocado ni le ha sentido. No sabe sus vicios, sus manías y sus pequeños dolores y traumas.

La vida sería muy insípida si todo resultase sencillo. La distancia es mala amiga de los tonteos. Díganselo a ella. Podrían follar durante horas, charlar durante años y mirarse durante segundos, pero, la distancia no quiere. Y sí, es una canallada pero las cosas se ponen en el camino y aunque no puedas disfrutarlas en el momento por motivos ajenos a uno mismo, puedes volver a tropezarte con esas pequeñas alegrías que a veces uno recibe.

Ella es así, soñadora y utópica hasta la saciedad. Y, aunque lo niega delante de sus amigos, puede que se haya enamorado. Si dejamos de pensar por unos instantes en la dificultad de la palabra enamorarse, si dejamos de pensar que enamorarse es algo muy heavy, puede que se haya enganchado a un hombre que a penas ha visto u olido. ¿Cómo olerá? Se pregunta. No quiere olerle. Piensa que los olores son la mayor trampa para los recuerdos. No quiere olerle porque los olores se quedan grabados en la memoria e, imagina, cuando pasen los años y se cruce con otro hombre en su vida que huela parecido, se acordará de este hombre. Y le dolerá en cierta manera. Porque a ella todo le duele. Ella, que no cree en ese cuento barato de las mariposas en el estómago, se pregunta si sentirá temblores cuando él se acerque. Ella, que habla de él muchas veces y explica porqué le gusta tanto, siente que la vida les tiene que volver a cruzar. Siempre, señores, llega un hombre nuevo que le corrobora que las cosas suceden por algo. Ella piensa que no es ingenuo decir que un día él mandará a la mierda a las putas redes sociales, se armará de valor y, con las mejores palabras (como siempre hace) le dirá que quiere follarla. Y se lo dirá de una manera tan brutal que ella se quedará inmóvil, mientras atina a encenderse un cigarro y decir te estaba esperando. Ni mariposas ni pajaritos, una pajarera entera tiene esa mujer en la cabeza. Pero la vida es soñar, amigos.

BBooks
Él, que lo tiene todo y ella que lo quiere a él. Le quiere por como usa las palabras, por como logra acertar con ellas en los momentos precisos. Le quiere porque no tiene miedo a hablar, a reconocer errores y experiencias. Le quiere porque posee ese equilibrio exacto entre el misterio y la claridad. Le quiere porque comparten maneras de vivir, como decía Leño. Le quiere porque se pregunta cuánto le durará este capricho. Capricho que no puede tener. La distancia amigos, ese gran obstáculo. Se pregunta si él piensa en ella cuando va a dar un paseo o cuando lee algo determinado. Se pregunta si es cosa de ella, si ese sentimiento se lo ha imaginado en su cabeza. Se pone de pie, da un paseo por la habitación y piensa que es imposible, que eso es cosa de los dos. Que él ha conseguido encandilarla tanto como ella a él. Que él sí es un hombre. Y ella una mujer.

Soñar, imaginar, prendarse de las personas, señores. Hay que hacerlo. Hay que dejarse los sesos en cada intento. Tenemos que vivir en primera persona esa tontería de ver una película y pensar en alguien especial. O en alguien simplemente. Y no tiene que ser Pretty Woman, joder. Tenemos que sentir ese embrujamiento de vez en cuando. Tenemos que dejar que las personas nos atrapen, y si nos hacen daño, pues nos hacen daño. Y si tenemos que gritar, gritamos. Ella escucha a su padre, de verdad. Intenta hacerle caso. Pero cuando se trata de hombres (que están para endulzar la vida) resulta muy complicado.

Él no vive en Bora Bora y bien podía quedarse a vivir un rato en su colchón. Algún día. Y se enciende otro cigarro.

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